Rafael Monje, Don Alonso de Cartajena

Resumen

Monje, Rafael, «Don Alonso de Cartajena», Semanario Pintoresco Español, dir. Francisco Navarro Villoslada, Ángel Fernández de los Ríos y Vicente Castello, Madrid, Imprenta y Establecimiento de Grabado de don Baltasar González, 1846, I, págs. 81-83. [Año XI. Nueva época, 15 de marzo de 1846]

 

Esta olvidada semblanza que el clérigo de origen toledano, Rafael Monje y González (1821-1884), escribió a los veinticinco años durante su periodo de formación eclesiástica en Burgos, es quizás la primera biografía de Alfonso de Cartagena de carácter divulgativo. Fue publicada, como otros trabajos suyos relacionados con Burgos y los Santa María (don Pablo de Santa María y el monasterio de las Huelgas, el convento dominico de san Pablo, el monasterio de san Juan de Ortega, etc.), en el célebre Semanario Pintoresco Español, dentro de su sección «Biografías españolas». Se ponían así al alcance de muchos los méritos que eran bien conocidos por los eruditos. Como es lógico en una publicación de esta naturaleza, no académica, faltan en este texto las referencias bibliográficas de las que se sirvió o pudo haberse servido Rafael Monje. No me cabe duda, sin embargo, de que el cañamazo del texto se urde con las páginas que Enrique Flórez había dedicado en su España Sagrada a don Alfonso (XXVI, 388-402), o con notas o intermediarios que proceden de las mismas. El espacio que concedía el Semanario a las biografías era limitado, y Monje sintetizó aquello que le resultó de mayor relieve según sus preferencias, de manera hábil y amena para los lectores de su época. Las obras de su biografiado probablemente ni las leyó ni las tuvo ante sus ojos: cuando hace repertorio de las mismas sigue, cambiando ligeramente el orden, las que ofrece Flórez (XXVI, 395). También copia los versos bien conocidos de Fernán Pérez de Guzmán a la muerte de su amigo, aunque con alguna variante de notar respecto al texto (XXVI, 400-401) publicado en 1771: «toda verísima historia» por «toda virisima historia», por ejemplo. En general Monje se esfuerza por reelaborar su texto de partida, y lo consigue, pero permanecen en él algunos testigos de su afinidad, como cuando se refiere a los padres «Mercenarios» (por Mercedarios) del convento de la Merced, próximo a la catedral de Burgos, cabe el río Arlanzón, tal y como aparecen mencionados en la España Sagrada (XXVI, 392) por obra de los operarios, hay que suponer, de la oficina de Pedro Marín. Pero Rafael Monje era un excursionista y su pasión por conocer los lugares, los monumentos y las personas le animó a añadir algunos apuntes propios[1]: le fascina, por ejemplo, el contexto que rodea al encuentro entre la princesa Blanca de Navarra y el príncipe Enrique de Castilla y alude a los fastos que lo rodearon y, sobre todo, toma en su mano el cuaderno y transcribe el epitafio latino que se encuentra en la Capilla de la Visitación de la catedral de Burgos, donde fue sepultado Alfonso de Cartagena.

Salvo ocasional error he procurado realizar una transcripción escrupulosa del texto publicado en el Semanario, con mínimos ajustes respectos a los usos tipográficos del mismo. La transcripción es manual y no se ha empleado ningún procedimiento de conversión electrónica.



[1] Esta condición de excursionista le valió una recensión biográfica, firmada en Burgos, diciembre de 1899 por parte de Eloy García de Quevedo y Concellón, «Don Rafael Monje», Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 71 (1899), págs. 170-173.

Transcripción

[pág. 81]

 

DON ALONSO DE CARTAJENA.

 

El nombre respetable, que acaba de transcribir nuestra pluma, dá á conocer uno de los varones mas virtuosos y sábios del episcopado español. En el número 31 del Semanario, correspondiente al año de 1844, espusimos la vida y los relevantes méritos que contrajo el Obispo D. Pablo de Santa María ó Cartajena desde que, emancipado de su secta israelítica abrazó el cristianismo, é hicimos tambien mencion de los cinco hijos que hubo en su legítima esposa Doña Juana, todos bautizados y célebres en el discurso de su vida por las esclarecidas prendas que el cielo les dotara. Mas si cada cual por su parte contribuyó á labrar el engrandecimiento de su estirpe, ninguno lo pretendió con mejor éxito que D. Alonso, el segundo de los hijos de Don Pablo, y su inmediato sucesor en la dignidad pastoral. Hernando del Pulgar le dedicó un brillante panegírico en su libro de los claros varones, representándole como un modelo de virtud, de sensatez y de ciencia. Instruido en la filosofía, derecho civil y cánones, parece fué nombrado dean de Segovia y luego promovido con el mismo título á la catedral de Santiago. Ya entonces comenzó á manifestar un juicio profundo para rebatir los sofismas de la impiedad, y un tacto tan delicado en materia de discusiones políticas, que, llamando la atencion del Rey, las apreció en su justo valor, concediendo su autorizacion á D. Alonso, para que fuese á proponer alianza entre los Infantes D. Juan y D. Enrique, y le adjudicó en seguida las competentes credenciales, á fin de que bajo el carácter de embajador solicitase amistad con el Monarca de Portugal, y asistiese á la publicacion de la paz en ambos reinos.

La fortuna se habia decalarado en favor de D. Alonso, y no hacia mas que prepararle con aquellas distinciones á [pág. 82] nuevos é inopinados ascensos. Supo el Rey de Castilla que habia muerto en Basilea D. Alonso Carrillo, Obispo de Sigüenza; y siendo indispensable enviar sugetos idóneos que acreditasen la religiosidad de D. Juan II y de todo el clero español ante el concilio ecuménico que en la referida ciudad se celebraba desde el año de 1431, obtuvieron la eleccion D. Alvaro de Isorna, Obispo de Cuenca, D. Juan de Silva, Señor de Cifuentes, D. Alonso de Cartajena y D. Gonzalo, su hermano, Obispo de Plasencia y diputado por el reino de Leon. Todos estos personajes se hallaban revestidos de una dignidad superior á la de D. Alonso, que únicamente poseía el deanato de Santiago; pero las circunstancias concurrieron de tal modo, que antes de llegar al concilio renunció la mitra de Burgos el Obispo D. Pablo, y el Rey agració con ella á Don Alonso, el cual fué confirmado en Basilea por el pontífice Eugenio IV.

No tardó en hacerse admirar de los letrados y oradores, que escucharon sus discursos. Eneas Silvio, conocido entre los Papas con el nombre de Pio II le denomina alegria de las Españas y honor de los prelados. El acierto con que probó la superioridad del Papa y del concilio dió márgen á que le apellidasen delicias de la religion, único espejo de sabiduría. Publicó antes de regresar á su patria el tratado de las sesiones, en que difunde la preferencia de la silla Real de Castilla á la de Inglaterra, luchando abiertamente contra los embajadores de esta corona, que pretendian hacer valer el sistema contrario.

Mientras en Basiléa se rebatian los errores del heresiarca Juan Hus, y se ventilaban las cuestiones mas importantes al órden y disciplina de la Iglesia, el Obispo D. Alonso tuvo que separarse de aquel congreso venerable, para marchar como nuncio de reconciliacion á la corte del Emperador Alberto, cuyas hostilidades turbaban los estados de Polonia, introduciendo en ellos el cisma, y menoscavando los intereses del culto cristiano. El pacto pretendido fué la consecuencia que se siguió inmediatamente despues que D. Alonso logró audiencia en la cámara real. Los sobresaltos y amargura del Pontífice, al ver zozobrosa su nave en el Occéano de la discordia pública, se convirtieron en regocijo, cuando el digno mensajero, que habia tomado su soberana representacion, volvió á colocar el ramo de oliva sobre el altar del Espíritu Santo, en cuyo nombre se congregaban todos los dias, fulminando bajo sus alas invisibles el anatema contra los enemigos de la fé, y los detractores de sus dogmas. Corroborados estos por la infalible autoridad del concilio, los padres que le componian negaron la obediencia al Papa, y los españoles su cooperacion á los díscolos. Eugenio IV quedó sin embargo, prendado de la elocuencia del Obispo D. Alonso, manifestándole así en un consistorio público, donde, noticioso de que aquel prelado se disponia para ir á ofrecerle acatamiento, dijo en presencia de todos los cardenales: Por cierto que si el obispo de Burgos en nuestra corte viene, con gran vergüenza nos asentaremos en la silla de S. Pedro.

Ni elogios tan sublimes, ni la fama que por toda la Europa encarecia el privilejiado talento del señor Cartajena, vencieron la afabilidad de su carácter, en la que, segun espresion de Pulgar, todos se honestaban. Admira ciertamente verle entregado sin descanso á la práctica de su sagrado ministerio, para preservarse de las sujestiones del orgullo, que por lo comun enjendran las deferencias sociales, y considerar al mismo tiempo su poderosa influencia entre aquella turba de cortesanos, que ávida de poderío, germinaba alrededor del trono, donde al lado del Monarca se veia figurar á D. Alvaro de Luna, su prudente cuanto desgraciado favorito. Con efecto, al regresar de Basilea en el año de 1440, D. Juan el II, para quien no existian títulos mas eficaces que el ingenio y la instruccion, ordenó al obispo D. Alonso saliese al recibimiento de Doña Blanca, princesa de Navarra, que estaba desposada con el Principe de Asturias D. Enrique, y debia entregarse en Logroño á la honorífica salvaguardia de Castilla. Todos los magnates dieron pruebas de hidalguía en aquella lucida jornada, siendo memorable el estremado gasto que hizo el Conde de Haro, para obsequiar á la Princesa durante los tres dias que descansó en su palacio de Briviesca. Los límites de nuestra narracion deben ser tan precisos, que si nos estendiésemos á describir las funciones, los regocijos populares, las dádivas y presentes, que entonces se cruzaron entre los caballeros de Castilla, traspasaríamos los términos que el Semanario nos prescribe, y hasta llegariamos á orillar casi del todo el objeto testual de nuestro artículo. Para no incurrir, pues, en digresiones intempestivas y supérfluas, no perderemos de vista al sábio prelado, que supo ser galante cuando la Princesa llegó á Burgos, y poco despues docilísimo y obediente á las órdenes de D. Juan II, que le despachó en embajada cerca del soberano de Navarra, apercibiéndose del feliz resultado que habia conseguido en sus árduas y numerosas pretensiones. Esta fué la última vez que apareció D. Alonso como enviado real, ó mejor dicho, como precursor del sosiego público.

Queriendo dar impulso á las artes, y cultivar la literatura, hermanándola con sus obligaciones pastorales, confesaba, predicaba, usaba en su diócesi de aquellas cosas que Perlado es obligado de hacer y era limosnero. Cedió sumas cuantiosas para edificar el convento de dominicos de Burgos, que su padre D. Pablo habia comenzado; fundó el de San Ildefonso en la misma ciudad; adelantó la construccion del de PP. Mercenarios [sic]; erijió á sus espensas la capilla de la Visitacion en la iglesia metropolitana, donde labró para sí propio un magnífico lucillo de alabastro, é hizo concluir los famosos chapiteles que le darán eterno renombre en el trascurso de los siglos.

Enemigos de que perezcan abandonadas las particularidades, que nuestros ascendientes confiaron á las piedras de los templos y monumentos sepulcrales, ya que la indolencia humana se ha dejado perder los innumerables ejemplares de esa especie que á cada paso echa de menos el ojo escudriñador del anticuario, insertaremos aquí el óbito de D. Alonso de Cartajena, con la exactitud que nos ha permitido observar su mal estado, peor combinacion paleográfica, y la abundancia de abreviaturas que se encuentran en él. Dice así: [pág. 83]

Hic quiescit corpus reverendi patris domini Alfonsi; de Cartagena, episcopi burgensis; qui inter alia opera pia Capellam ham fieri jussit, in qua septem capellanos et duos acòlitos perpetuò instituit. Fuit amator pacis, et pacem inter Joannem Castellæ et Joannem Portugalliæ reges atque inter imperatorem Albertum et regem Polonie firmavit. Plures libros ad utilitatem publicam condidit: Defensorium fidei; Orationale; Memoriale virtutum; Doctrinale militum; Genealogia regum Hispaniæ. Duodenarium, et de præminentia sessionis inter Castellæ et Angliæ reges tractatum edidit, et in concilio Basiliensi pro regno Castellæ sententiam obtinuit, et in fine dierum suorum Sanctum Jacobum anno Jubilei visitavit, et in diocesim suam rediens, spiritum Altissimo reddidit in opido de Villasendino XXII Julii, anno Domini MCCCCLVI, etatis vero suæ anno LXXI.

Cumplida la romeria que espresa la inscripcion anterior, le asaltaron los síntomas de una enfermedad, que conforme el epitafio indica, destruyó rápidamente su vida, hallándose en Villasandino á cinco leguas de Burgos en el año vigésimo de su episcopado. Su muerte fué llorada por todos, desde el Rey, que necesitaba sus consejos, hasta el desvalido pordiosero que recibia de su caritativo corazon el socorro vital y los consuelos y exhortaciones de la ternura evangélica.

Bien vulgares son las octavillas, que el poeta y caballero Fernan Perez de Guzman, compuso en la muerte de D. Alonso: empero si las desconociese alguno de nuestros lectores, vea iniciados en las cuatro siguientes los melancólicos y escogidos pensamientos, que juegan en el resto de las demas:

 

«Aquel Séneca espiró

á quien yo era lucilo:

la facundia y alto estilo

de España con él murió:

así que non solo yo,

mas España en triste son

debe plañir su Platon

que en ella resplandeció.»

 

«La moral sabiduría,

las leyes y los decretos,

los naturales secretos

de la alta filosofia;

la sacra teología,

la dulce arte oratoria,

toda verísima historia,

toda sotil poesía.»

 

«Hoy perdieron un notable

et valiente caballero,

un relator claro et vero

un ministro comendable.

¿Quién dará loor loable

al que á todos loaba?

Quien de todos bien fablaba

¿quién será quien del mal fable?»

 

«La Iglesia nuestra madre

hoy perdió un noble pastor,

las religiones un padre,

la fé un gran defensor;

pierdan y hayan dolor

los que son estudiosos,

y del saber deseosos

un gran interpretador.» etc.

 

El poeta que acaba de hablar no mojaba por cierto su pluma en la tinta de la adulacion. La multitud de obras literarias que en nuestros tiempos circulan con el nombre de D. Alonso de Cartajena lo atestiguan, y lo confirmarian todavia mas los muchos opúsculos, la copiosa variedad de poesías místicas y amatorias, y el número avanzado de episodios que escribió, pero que han sido consumidos por el incendio de las revoluciones en los archivos de nuestra patria. Existen, no obstante los libros suficientes para colocar á su autor en el rango mas elevado de nuestros escritores antiguos. Se titulan: —Memorial de virtudes.—Defensorium fidei.—Doctrinal de los caballeros.—Duodenario sobre doce cuestiones.—Declinaciones sobre la traslacion de las Eticas.—Oracional.—Apolojia sobre el salmo Judica me Deus.—Escrituras diversas.—Una version latina de los doce libros de Séneca.—Conflatorium.—El tratado de las sesiones.—Un libro destinado á probar que pertenece[n] al Rey de Castilla y no al de Portugal las conquistas de Canarias, y todas las ciudades, villas y lugares de la provincia de Tanjer, Fez y Marruecos.—Genealogia de todos los reyes de España, que fué el postrer destello de su génio, habiendo disfrutado los honores temporales con una conciencia tranquila, y merecido el sepulcro venturoso del filósofo irreprensible y del sacerdote sin culpa.

 

Rafael Monje

Notas al texto

Datos documentales y bibliográficos

  • Ubicación

    Biblioteca Nacional de España

  • Documento originalMonje, Rafael, «Don Alonso de Cartajena», Semanario Pintoresco Español, 1846, I (15/03/1846), págs. 81-83. Madrid, Biblioteca Nacional de España, Publicaciones Periódicas
  • Descripción

    Rafael Monje, Don Alonso de Cartajena

  • Edición

    Juan Miguel Valero Moreno

  • Otra bibliografía citada MONJE 1846
  • Cita
    Carta de a de 15 de marzo de 1846, ed. Juan Miguel Valero Moreno, en Biblioteca Cartagena [<http://bibliotecacartagena.net/documentum/rafael-monje-don-alonso-de-cartajena> Consulta: 25/11/2020].
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